VEGANISMO

Veganismo

Cómo nos gustan las etiquetas, nos gusta comercializar todo, haciendo parecer que es una necesidad imperante.

 “Vegano” se les tituló a aquellas personas que deciden no ser parte de la opresión sobre otras especies animales, colgándoles de esa manera un cartelito más en la vitrina de opciones de consumo.

 Pero el veganismo no es eso, no es una etiqueta, ni una opinión.

 Desde niño me crié con animales. Tuve conejos, perros, un lorito, y hasta un pato. Ellos estaban allí, siempre, y el vínculo con cada uno era un hecho natural, una relación entre dos seres que se entendían y se comunicaban.

 Estuve bastante tiempo compartiendo con animales, como en una época en la que estuve sin encontrar trabajo, dudando de las carreras que estudiaba, así como también tratando de llevar vínculos amorosos en medio de la revuelta de la vida. En medio de esas soledades necesarias estaban esos seres que no eran humanos, pero que a veces eran todo lo que tenía a mi lado. Seres que disfrutaban el día, que compartían momentos sin necesidad de otra comunicación más que una caricia. Como cuando tenía ocho años y salíamos al patio a darle de comer al pato, y nos seguía a mi y a mi hermano, junto a un ovejero alemán cachorro que corría alrededor. O en momentos de una parte de mi adolescencia en la que un pequeño conejo comía pasto del patio mientras pateábamos una pelota a su alrededor.

  Crecí divirtiéndome con ellos, y dudando siempre, de lo que ingería en mi organismo. ¿Cómo podía amarlos, y contrariamente, a la vez comerme un pedazo de animal muerto cada noche? ¿Quién podía matarlos? ¿Por qué me sentía disociado por dentro?

 El tiempo transcurrió y la decisión de dejar de meter en mi cuerpo cosas que provengan de otros animales fue tomada, y con ella vinieron otras preguntas.

 ¿Era yo quien tenía que dar explicaciones sobre mis decisiones sobre las otras especies o debía ser yo quien pidiera una reflexión desde el otro extremo?

 Yo había estado en ese lugar de automatización y ceguera, ¿Cómo no iba a exigir algo?

 Es ya evidente que la publicidad y el marketing altera nuestra racionalización, pero a pesar saber eso aun nos cuesta ver cómo la industrialización de la existencia está matando nuestros vínculos con lo natural de manera exponencial. No podemos verlo, o quizás corremos la vista.

 ¿Por qué damos por sentado que las cosas que hacemos sistemáticamente son correctas? ¿Nos detenemos a pensar nuestros hábitos de vida?

 Hay cientos de papers científicos que certifican que el calentamiento global, la contaminación y el vaciamiento de los océanos, es producido por la forma de consumo e industrialización de la vida y por la matanza de otras especies, como mantra de apropiación literaria, que comemos desde la imposición de la biblia y sus mandatos.

 Me harté de risas furtivas.

 Me harté de relatos ficcionados y guionados.

 Me harté de explicar lo evidente.

 Me harté de que todos veamos un meteorito venir, y que lo intentemos tapar con la mano, para seguir como máquinas que no se apagan nunca.

 Me harté de que la vida parezca un relato. Una competencia de argumentos, dejando que gane un discurso pensado para convencer y que pierda de esa manera, la realidad.

 Como siempre hay una historia.

 Trabajé durante 2016 y 2017 en una fábrica de piezas de goma/metal para autos, que usaba las mismas máquinas para fabricar piezas de goma para mataderos de pollos, para generar así más rendimiento. Una fábrica en Laferrere, Buenos Aires, donde no había agua potable, y el negro de humo que se usa para producir caucho volaba por el interior del galpón y las oficinas, un polvo que es considerado cancerígeno y era inhalado por las personas que allí trabajaban (esas personas a las que se llama “operarios”) durante la jornada de trabajo. Algunas de ellas trabajaban allí desde hacía más de 10 años.

 Los dueños por su parte eran propietarios de esa fábrica en un terreno de 200 metros de largo y 60 metros de ancho que habían comprado como oportunidad en la zona, tenían (tienen) 2 pisos en edificios de la Ciudad de Buenos Aires, tienen dos cafeterías en la ciudad, y a su vez, una empresa constructora.

 Cada una de esas piecitas de goma se usaban para colocar en máquinas automáticas que giran movilizadas por un motor eléctrico y pelan a los cuerpos ya muertos de los animales. Se llaman en el rubro “dedos pelapollos”.

 Mi tarea era de venta técnica, visitando distribuidoras de piezas de autos, y, al pasar los meses, debía empezar a visitar mataderos de pollos.

 La sola idea me horrorizaba, pero necesitaba el trabajo. No tenía otro ingreso y tenía que pagar un alquiler.

 Al principio me negué a hacerlo, pero amenazaron con echarme. Lo hice. Fui a 6 o 7 mataderos ubicados en zonas alejadas a la urbanización dentro de la provincia de Buenos Aires. Hablé con empleados que se sentaban en un escritorio para comprar insumos y llevar adelante la matanza animal de sus lugares de “trabajo” mientras sonreían utilizando las estrategias psicológicas de negociación a merced de los cadáveres que producían. Escuché sus discusiones de precios, de dinero, mientas sus delantales estaban, literalmente, manchados de sangre. Olí el olor a muerte, a asquerosidad remezclada con plata, con papeles de colores. Vomité en la banquina de una ruta al salir del primero al que fui. Ví a los ojos a esas personas que trabajan, cegados, en esos lugares, oprimiendo a los animales, algunos en el campo de exterminio, otros desde una PC cargando datos a un sistema. Vi a compañeros de la fábrica donde yo trabajaba no cuestionarse para qué se utilizaban las piezas que producían, y cumplir horarios, como máquinas, para con ese trabajo poder mantener a sus hijos, para sobrevivir. Como máquinas de un sistema que, en el fondo, no se cuestiona lo cuestionable, no puede hacerlo.

 En medio de ese trabajo dejé de ingerir cualquier cosa que provenga de la opresión animal, y apenas pude, renuncié a ese lugar.

 El discurso religioso creo la imagen del infierno. Pero no hace falta ir a la ficción. El infierno existió, y existe, en cada país del mundo, escondido tras paredes y rejas, y no es un ser rojo, malo, con fuego, quien lo dirige. Son humanos, como vos, los que están allí dirigiendo los hilos. Hay tantos infiernos en la tierra, de distinto tipo y calibre, palpables y también invisibles.

 Eso comemos. Todo eso ingiere una persona que mastica carne de un animal. Todo un circuito de horror, y de silencio. De complicidad.

 El especismo es acariciar un gatito, o un perrito, pero comerse un asado de carne de vaca, o de cerdo, o un conejo, o un caballo. Total no lo matas vos, no le clavas un cuchillo, el plato llega preparado. El horror lo hace otro. Porque vos todos los días no lo podrías hacer ya que con el solo hecho de pensarlo, mientras miras al plato y recordás a tu perrito, tampoco podrías comer sin culpa, esa religiosa culpa, tu comida.

 Pensar, tiempo, y acción, quizás sea lo que necesitamos para reflexionar sobre la dirección de nuestros hábitos de vida que destruyen el ambiente.

 El respeto por la vida no humana es una cuestión política urgente. Estamos sumidos en dialéctica y ficción, intentando que nos “convenzan” con palabras, con argumentos, pero no con acciones, sobre que es lo “correcto”. Nos llenamos la boca, y los oídos, de ética, de moral, de derechos individuales, pero nos olvidamos del poder enorme que tienen las acciones grupales para transformar realidades y consciencias.

 Ingerimos basura gran parte de todos nuestros días. Por la boca, por los ojos, por los oídos. Pero se burlan del veganismo, se burlan de una etiqueta que a su vez ellos necesitaron generar. Como todas las etiquetas que empaquetan y segmentan en una góndola. Un consumible. Se ríen en una mesa, cómplices, cuando alguien expresa que no come nada proveniente de animales. Devuelven gestos de supuesta comprensión, pero por dentro se ríen, se ríen, pero no lo dicen. Mientras cortan con su cuchillo la carne de una vaca muerta, de un cerdo, o de quien sea. Se ríen mientras no piensan, ni toman acción.

 Como se burlaban de los homosexuales, y hoy no podrían reírse ni burlarse, porque la sociedad cambió.

 Como se burlaban de las mujeres que querían votar, y hoy se someten a la lucha por la igualdad de derechos.

 Cada circuito institucional sistematizó la existencia autómata. Todo debe ser automatizado, y dejar rédito. Eso es capitalismo. El veganismo permite verlo todavía más claro: El rédito proviene de la matanza. Una matanza diaria y sistematizada, innecesaria.

 Pero eso está cambiando, y puede cambiar aún más rápido en este era, en la que tenemos toda, toda, la información, y en la que las nuevas generaciones reflexionan claramente sobre lo que quieren para la vida, para el planeta, para el futuro.

 Tenemos información sobre nutrición saludable real para nuestro organismo y generación de alimento que nos nutre. Lo que si necesitamos, lo sabemos, está ahí, en la palma de nuestras manos. Ya no hay excusas.

 En los momentos donde mis amigos ni siquiera podían acompañarme durante distintos procesos de vida, a mi lado había animales que me acompañaban.

 Después de todo esto hablemos de nutrición, de la opresión capitalista que el ser humano ejerce con su lógica económica sobre toda otra especia, después hablemos de todo eso. Tenemos que hacerlo. Pero primero déjame con el vínculo que un animal no humano genera, uno genuino, ese que a veces buscamos incansablemente en nuestro día a día y no encontramos, ese que las redes sociales intentan vender en medio de sociedades repletas de problemas de ansiedad, de depresión e identidad, pero que ya no saben cómo.

 Dejame con animales genuinos, a los que nunca podría matar.

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