UN ENCUENTRO EN ISLA MUJERES

Isla Mujeres
El mar caribe inexplicablemente bello del lado sur de la Isla.

Viajé a México durante junio de 2015, en un año cargado de emociones: había renunciado recientemente a un trabajo seguro para dedicarme a un emprendimiento que comenzó con fuerza, se politizó en extremo el país por unas elecciones presidenciales bisagras para la economía y el ambiente nacional, y buscaba departamento para mudarme.

 En esa época había decidido invertir en viajes cada vez que podía, trabajaba para eso. Ni lo pensaba, compraba pasajes ciego, sin tener nada seguro y me iba. Viajaba recorriendo ciudades, paisajes, intercambiando idiomas, conociéndome y conociendo, abriendo los ojos como lentes que guardan cada instante y experiencia dentro de mí. Este viaje tenía un condimento especial: Era mi primer viaje solo a otro país.

 La idea surgió por la inspiración de una amiga que había regresado a Argentina en esa época luego de haber vivido en México por tres años, traspasándome la necesidad de conocer la zona de Quintana Roo, sobre la península de Yucatán y alguna de sus islas. A diferencia de viajes anteriores la premisa de este era hospedarme a través de la plataforma Couchsurfing con personas locales y compartir su cultura, comidas y espacio para intercambiar hospedaje con los códigos fraternales de “viajeros” que implícitamente expone la plataforma: Aportar algo, lo que sea, que uno pueda dar a quien ofrece su casa como hospedaje. Con la música a través de la guitarra pude compartir con ellos que amablemente me recibieron.

 La primera parada fue Cancún con el color turquesa de su mar plagado de barreras de corales. Allí, en las afueras de la zona turística hotelera, en un barrio “Cancuense” vivía Paco, un mexicano bien mexicano quien me recibió en su casa, un amplio departamento dentro de un complejo cerrado de viviendas, muy habitual en Cancún, donde me esperaba una habitación personal y una pileta en el parque para disfrutar.

 —Aquí tienes la “llave” de acceso —me dijo con su típico acento entregándome una tarjeta de crédito antigua desgastada. Ante mi sorpresa Paco me mostró como introducirla entre las hendijas de la puerta de entrada y, haciendo fuerza, tironear para que se abra. Me asusté.

 —Pues tranquilo manito que aquí no pasa nada —intentó calmarme ante mi asombró por el método de ingreso a su casa.

 Los días hospedándome con Paco fueron muy divertidos. Compartiendo comida picante (demasiado picante), tequila, juegos de mesa, música de rock mexicano y recorridos a lugares exclusivos no turísticos junto a una pareja de amigos.

 Esos primeros cinco días recorrí toda la zona turística, plagada de hoteles All Inclusive y locales al mejor estilo yanqui, rodeados de shoppings y comercios armados para visitantes. Poca cultura local, pero por lo menos las playas me dejaban sin aliento con arena pura, casi blanca, el sol pleno todos los días de Junio (mucho calor) y el agua de un azul turquesa que obnubilaba a cualquier viajero. Caminé todo lo que pude fotografiando lo que sucedía ante mis ojos, absorbiendo la energía natural de ese caribe Mexicano que envuelve con energía solar, llenando sus calles de iguanas y aves, de vegetación abultada, de cenotes subterráneos cargados de plenitud con sus aguas puras.

 Desde Cancún me fui en colectivo, los benditos de la línea ADO, hasta Playa del Carmen, donde me hospedé en un hostel de argentinos “Che Hostel”, como para disimular, 5 días con visita a Tulum en el medio, para luego volver a Cancún. A mi regreso uno de los pendientes era ir a la Isla Mujeres, recorrerla y ver uno de los atardeceres sobre el mar desde la isla.

 En lugar de contratar una excursión que me ofrecía pasarme a buscar por mi hospedaje, llevarme al puerto, y volverme al regreso, me acerqué con los colectivos que van por la avenida Kukulcan a Puerto Juárez, uno de los puntos donde salen los barcos con destino al paraíso. Desde allí me embarqué disfrutando del color profundo del mar que atravesaba el transporte marítimo.

 El impacto de la hermosura del agua apenas desembarqué en Isla Mujeres me envolvió. La transparencia rodea la isla, reflejando un celeste claro en todas direcciones. Su pequeña superficie, 4,2 Km2 permite recorrerla a pie en un día. También ofrecen bicicletas y carros eléctricos de golf para hacerlo, pero no hay nada mejor que caminar un buen rato por la playa rodeando ese lugar imborrable.

 Caminé por la playa norte, frente a las costas de Cancún, incrédulo ante lo que absorbían mis retinas. No podía dejar de mirar al mar y pisar la arena firme tratando que no se borre de mis pies ese lugar, ese momento. Había silencio, pocas personas en ese primer tramo, una brisa sutil, casi imperceptible y palmeras que acompañaban el recorrido. La temperatura del mar caribe allí es perfecta, y me recargaba cada vez que me sumergía, sin querer salir, observando peces de colores con el visor bajo el agua. La transparencia ante mis ojos me tildó dentro de ese mar estático. Recorrí todo el frente de la isla esa mañana bajo un sol pleno hasta el extremo de la playa norte, donde parecía aclararse el agua aún más. Planificaba dirigirme a las playas del otro lado, las que dan al océano atlántico, con oleaje intenso, recorrer el pequeño centro, comer algo… cosas que hice, pero previo a eso continué caminando, ya con un poco mas de turistas en la playa, observando todo, hasta que mis ojos dieron con los de una chica acostada boca abajo sobre la arena escribiendo en un cuaderno. Me observó sonriente y miré hacia atrás para ver si había alguien detrás de mí, volví la mirada y ella seguía sonriendo.

 —Que lugar increíble —me dijo en tono de sentencia.

 —Realmente increíble, no me dan los ojos… —respondí riendo.

 —¿Recorriéndola solo? —me preguntó con tono mexicano.

 —Si, primer viaje solo… ¿Vos también? —devolví.

 —También. Necesitaba este viaje para mi… —respondió mirando al mar—bienvenido al paraíso, Lucía es mi nombre.

 Luego de presentarme también y acercarme, vi de cerca el cuaderno de Lucia, que al sentir que lo observaba corrió levemente de la vista, cerrándolo sutilmente.

 —También escribo… tengo un cuaderno parecido… este lugar es ideal para soltarse. —le comenté y al observarla pude ver el color verde esmeralda claro, potente, de sus ojos.

 Me senté junto a ella y conversamos mirando el mar único que se extendía de frente. Me contó que viajaba sola intentando reorientar su carrera y su vida. Era pianista profesional, hacía música para comerciales de YouTube, disfrutaba mucho eso, pero quería tratar de hacer algo nuevo con su arte y no tenía apoyo.

 —Vivo en DF, pero necesito naturaleza, tengo mucho por cambiar de mí y este es el lugar perfecto —me comentó mirando su cuaderno cerrado.

 Me preguntó sobre mi viaje y mis escritos y le mostré textos en donde detallaba motivos de la aventura de viajar solo y mi documentación sobre lo que venía de vivir en Cancún, Playa del Carmen, Tulum… ella se detuvo al leerlo, miró al mar y me extendió su tesoro.

 —Esto estoy escribiendo —Lucia me ofrecía su cuaderno, su diamante, con una expresión de intimidad que me frenó a tomarlo, y sobre todo a leerlo.

 —Necesito que alguien lo lea —me dijo, soltándolo.

 En esas páginas de un cuaderno con tapa de colores sobre una mandala, de líneas prolijas con tinta de birome negra, Lucia escribía páginas tituladas “Cosas negativas que tengo y necesito cambiar”, “Cómo lograr mi sueño”, “Cosas positivas que tengo”. Leer eso frente a la autora, que intentaba liberarse en un lugar paradisíaco rodeada de naturaleza, me sumergió dentro de una intimidad incomparable con alguien que no había visto jamás en mi vida.  A medida que leía, y me frenaba, ante cada “negatividad” que Lucia exponía, ante cada deseo que ella intentaba aclarar, observándola como quien pide permiso para seguir, sentía que algo mágico estaba pasando.

 Me llevaba diez años, cinco, nunca lo supe. El tiempo no tenía sentido y las sonrisas enérgicas de Lucia combinadas con sus rulos salvajes, su mirada que conjugaba con la transparencia y claridad del mar, el celeste del cielo y el sol que caía sobre Isla Mujeres, completaban la plenitud del momento mientras ella leía sobre los deseos expresados en el cuaderno que llevé a ese viaje y que aún conservo, y mientras en el suyo ella exponía su alma, soltándola.

 Hablamos sobre cada escrito, sobre los suyos y los míos, me contó cuanto le costaban algunas cosas, compartimos cuanto nos costaban cosas en común que ambos sentíamos complejas de resolver. Estuvimos un rato bajo el sol y luego continué mi camino para recorrer lo que me faltaba de la Isla. Pasé parte de la tarde digiriendo ese encuentro y disfrutando de las callecitas internas tomando mexcal.

 Cuando volví al sitio del encuentro Lucia no estaba más en la playa, había desaparecido. Me quedé estático mirando el lugar donde nos habíamos cruzado y el poder del encuentro que habíamos vivido ¿Había sido un sueño? ¿Era real lo que acababa de pasar? Sonreí de alegría, lleno, quizás libre, libre en todas sus dimensiones. Me metí nuevamente al mar, tomé arena con mis manos, y presionándola, casi acariciándola, prometí volver por lo menos una vez más en mi vida a esa Isla inolvidable mientras esperaba la puesta del sol sobre el horizonte de ese mar irrepetible, absorbiendo su energía hasta la noche, hasta ser testigo de las estrellas que surgieron en el cielo del caribe acompañándome en mi regreso.

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3 comentarios

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