Tu propio jefe

Cripto ingreso

 El dueño del kiosco entró gritando, como cada mañana.

  —¡Te dije que dejés prendidas las luces de afuera! ¿No escuchás cuando te hablo?

 Esa mañana era lunes, y tolerar, o por lo menos intentar, las formas de mi jefe se volvía doblemente complicado. Estaba harto de ese kiosco, de sus horarios esclavizantes, del sueldo bajísimo, de no poder tener tiempo para estudiar y de los tratos, ese repetido “clima laboral”. Yo trabajaba de lo que podía, y eso era lo que había encontrado. Terminados mis estudios virtuales, pude aprobar los exámenes de ese nuevo idioma universal tan exigente para los grandes intereses empresariales de esta era, pero no encontraba un trabajo rentado digital, la competencia joven es atroz, por lo que me resigné a este negocio.

Esa mañana me tomé el bus eléctrico, que por fin llegó a mi ciudad, y mientras viajaba puse un tema de Cerati, un músico que mi abuelo no para de mencionar. Cantaba por dentro mientras avanzaba en el trayecto que me transportaba al espacio de trabajo. “Este va a ser un día diferente”, me decía a mí mismo, mientras leía frases inspiradoras en los portales gráficos que aparecían en mis cascos realituales, publicadas por pseudo-motivadores de esta nueva realidad (otra más…). Bajé, caminé mirando los árboles, me saqué una selfie, que por supuesto subí, y llegué. Abrí todo, encendí la computadora y me preparé para recibir a los primeros clientes. Primero entró el dueño, vinieron los gritos, los filtré, y luego la tarde quedó sola para mí, encerrado en ese cubículo de ocho metros cuadrados.

Hoy va a ser un día diferente”, me repetía mientras le entregaba una gaseosa a un adolescente.

 Una señora me pidió cigarrillos, unas oficinistas compraron agua mineral, un anciano me preguntó cómo tomar el transporte aéreo… todo sucedía demasiado tranquilo en un día convencional.

A treinta kilómetros del centro de la ciudad un programador desarrollaba un código corto, claro. Buscaba algo simple, directo. Unas líneas, diez, quince… y listo. Ya estaba. Ejecutar y que accione sobre el sistema, en cualquier dirección de computadora, solo era necesario estar conectado a Internet. El poder de la conexión.

Al seleccionar la imagen la oferta se visualizaría de frente en el casco del usuario, del pobre usuario. Todo pensado. Las vulnerabilidades se manejan mejor a través de lo visual y el programador lo sabía.

 La falta de clientes me sorprendía, pero dejé la sorpresa de lado para centrarme en aprovechar el tiempo que se me presentaba. Abrí el navegador y dictérápidamente con mis pensamientos: Trabajos para estudiantes. Hay que manejar bien en esta era lo que pasa por la cabeza, los cascos son muy sensibles. Un listado de páginas se desplegó ante mis ojos, y la ansiedad me comenzó a atrapar. Ingresé en el primer portal y cargué mi curriculum lo antes posible, postulándome pronto a cualquier trabajo de pocas horas que se visualizaba como oportunidad.

La Moneda Universal, cambia tu futuro”. Me refregué los ojos, y volví a leer. Ya venía escuchando sobre la moneda Universal digital, y su aparente poder, pero nunca lehabía dado valor. En ese encuentro publicitario ver a un profesor de economía de renombre ofreciendo a través de un video un nuevo sistema de transacciones electrónicas con promesa de alto rendimiento a futurome llamó la atención. Mi futuro, pensé. Las anteriores criptomonedas ya no existían y esta parecía ser la oportunidad ¿Hasta dónde llega el futuro? Ese que tan incierto veo, ese que existe solo en mi imaginación, pero igual me preocupa y más en mi país, que tan incierto crece, ¿Crece? No importa. Entré. Oportunidades, ganancias, dinero, en lo único que pensé, sin entender claramente lo que estaba viendo.

 La economía se acomodaría, sentí, al tiempo que ingresaba y los cursos se disparaban como dardos al centro de mi influencia.Así comencé.

Empecé todos los cursos que pude, y reinvertí todo lo que tenía. Las tardes en el kiosco comenzaron a ser productivas, ya no me importaban los clientes que entraban ni lo que me pedían. Gráficos, blockchain con inteligencia artificial avanzada, parachains, criptografía,valores virtuales, eran conceptos que comencé a entender y a manejar diariamente, las primeras semanas sin ver ganancia alguna. El ideal de rendimiento en dinero comenzó a tomarme por completo, y me gustaba. Distintos videos y libros motivacionales me convencieron de que esta es la vida que necesitaba tener. Pasaron dos meses, y luego de arriesgarme a comprar una cantidad a muy bajo costo de monedas Universales, siguiendo las predicciones de los analistas que veían crecimiento corto y fuerte en esta moneda invisible, la especulación creció, el mercado instaló más cantidaden diferentes países desarrollados, se generó empleo, y así casi mágicamente cada monedita digital, la cual nunca toqué ni pude ver, comenzó a valer cien veces máspor unidad. Las que había comprado me hicieron entrar en el medio de un sueño, “Es por acá”.

 Seis meses después con dinero en la cuenta de la nube digital, en mi casa, y viviendo relajado, eran motivo suficiente para no buscar nunca más un trabajo, tal como conocía el tipo de vínculo laboral. El kiosco quedó en el olvido y apenas el valor de la moneda se elevó,mi vida creció de forma exponencial. El dueño nunca entendió a lo que me iba a dedicar, y me fui para siempre.

 La mayor diferencia se comenzó a dar cuando distintos amigos me pedían asesoramiento o que les haga crecer su dinero. Me convertí en un experto en ganancias del nuevo capital financiero mundial.

 Manejaba inversiones de otras personas especulando con gráficos vacíos, imaginarios, sobre valores creados en el mercado, que son humo sobre el mar. Los autos no vuelan en este futuro, pero los eléctricos sin conductor relajan, y los que los podemos disfrutar usamos los paseos para pensar en nuestros próximos pasos. Como un estratega sumido en un ajedrez virtual, así miraba por la ventana a mis próximas inversiones en el mercado.

 Desde un departamento perdido en el sur de la ciudad el programador experto en criptografía terminó el diseño de una moneda virtual propia, de una empresa fantasma, a la cual le creó una página WEB con diseño llamativo. Se veía ideal, creíble. Las altas y bajas en los valores eran controladas desde un teclado, que guardaba código binario en un servidor al otro lado del mundo.

 Invertí en todas las monedas universales nuevas que surgieron en el mercado, ya no me importaba el proyecto detrás, quería ganary tener mayor monto en mi cuenta de valores digitales. Mi vida había cambiado, la de todas las personas en realidad, solo lo virtual tenía valor en el mercado, y los empleados cobraban sus ingresos en monedas UniversalesNacionalesdigitales emitidas por el Gobierno. Nosotros, los emprendedores, generábamos ganancias con todas las existentes. No había techo y cada vez más gente comenzó a comprar y a elevar el valor de este nuevo medio de intercambio.

 La nueva moneda creció exponencialmente en diez días y mis ganancias se quintuplicaron, ya no sabía qué hacer con la plata, ni siquiera se llamaba de esa forma, el dinero ya no era como lo conocimos durante siglos. Hoy se siente, se percibe, en el inconsciente, trastornando la personalidad.

 El lenguaje de programación es difícil al principio, hasta entender la lógica. Luego, con práctica, como cualquier lenguaje hablado, los códigos van saliendo como palabras de escritor. Las librerías y las posibilidades son infinitas, hasta donde quiera o pueda la imaginación. Él se quedaba adentro, bajo las sombras, usando su creatividad para hacer magia digital, intocable.El único lenguajevalorado en esta era es el universal para comunicarse a otros planetas, con el cual también se puede relacionarcon las computadoras:El único lenguaje que está vigente para dar instrucciones a las máquinas.

 El plan estaba creado, y programado. Con este software, y sus nuevas monedas, la trampa deleitaría las ansiedades de gloria individual moderna.

Las monedas comenzaron a bajar, todas, y ante mis ojos el dineral que nació de la nada en un kiosco se desvanecía, como arena arrasada por el viento. De 300 a 100, a 30, a 1, a 0,5, nada, me latía todo el cuerpo, se escapaban los ingresos, los inversores me pedirían sus ganancias, que nunca se las podría dar. Me penetró una crisis mental y física.

El programador pensó que era un gran momento. Disparó la pregunta ente el monitor accediendo con solo una mirada a la publicidad sobre la pantalla de realitualidad, la extraña nueva realidad, y solo de dedicó a esperar.

“¿Estás seguro de seguir con esto?”

¿Qué es esta pregunta?, dije varias veces en voz alta insultando a la pantalla, como si hubiese alguien detrás. Completé el espacio en blanco respondiendo, desesperado.

 Si, estoy seguro. Enter, nada. SI, en mayúsculas, nada. SI SI, ¡nada! La pregunta bloqueaba el avance en la compra de la nuevamoneda rentable, famosa y segura. Cerré la venta, entré por otro lado y aún seguía el mismo cartel. Empecé a dudar, a temer, ¿Era seguro realmente? Todo el capital que gané llegó, lo vi, ¿Lo vi? No, nunca lo vi, en el sentido físico, nunca vi nada, nunca vi a nadie. Empecé a pensar, ¿Qué estoy haciendo? ¿En qué me estoy convirtiendo? Ya no séqué es lo que realmente quiero. Escribí “NO” sobre la ventana de esa pregunta paralizante, y desapareció, como entendiéndome y dejándome el camino libre a enfrentar mi decisión.

Como un macabro juego, con un plan estratégico de inversión para solo ganar aparentemente más, tener más, manipulando deseos, realidades y discursos, frente a la computadora y un teclado obsoleto, programó el desarme de la personalidad. Los que viven sin ansiedad descontrolada pueden ver clara la desesperación del otro.

 El programar se rio silenciosamente. Con ese “NO” temeroso pudo acceder a la dirección del servidor del famoso joven inversor, quedándose con todas sus claves y las pocas ganancias que quedaban.

 “El poder está en el saber. Valió la pena aprender a programar”, se dijo en voz alta, riéndose.

 Los ojos me ardían, había estado conectado mirando la pantalla doce horas continuas esperando la acreditación hasta que me adormecí. Sacudí el rostro incrédulo, la humedad rellenaba el ambiente, la transpiración me molestaba impidiendo destrabar la pantalla con mi mirada. Pude, luego de secarme los ojos con un papel entré al sistema y apunté hacía mi rostro para reconocerme.

 Estaba transformado, mi cara desértica impactada por la desesperación, era otro, la cuenta se vaciaba y veía como se desvanecían mis ideas, mi capital, mis sueños.

 Ya no tenía nada, ni siquiera deseos. Intenté entrar a mi cuenta pero estaba bloqueado, y la pantalla del casco se apagó. Perdí mis accesos, mis claves, y todas las ganancias con las que alguna vez soñé. Quedé vacío, sin nada material, sin nada virtual, sin nada, rogando volver a conectar con lo humano.

Hoy va a ser un día diferente”, me volví a repetir en algún lugar de la memoria.

 El programador apagó el sistema, desconectó el receptor inalámbrico de señal satelital, y luego de guardar su antigua notebook, agarró su bolso, bajó las escaleras y caminó hasta las terminales digitales para recargar sus tarjetas con monedas universales que alguna vez había creado un grupo japonés desconocido usando eterna criptografía y matemática.

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