SOMOS COMO SOMOS

A veces los encuentros pueden cambiarnos la vida

Este sea quizás un homenaje a alguien que nunca va a leer este texto. A alguien a quien quizás tampoco veré nunca más.

 Durante parte del otoño e invierno del 2021 viví en un hostel en Mar del Plata.

 Allí conocí a Diego.

 Diego era, o es, espero que siga siendo, un hombre niño de 44 años, con sonrisa cómplice, casi pelado, amante de la música y con mucha vida encima.

 Diego me dejó uno de las mayores enseñanzas que viví con todo mi cuerpo, sin él ni siquiera saberlo.

 Uno de los primeros días mi arribo le pregunté qué hacía allí, por qué estaba en ese hostel viviendo, y a raíz de mis preguntas me contó que estaba esperando por viajar a ver a sus dos hijos adolescentes que vivían en Palma de Mallorca, España.

 Como quien guiona su propia historia para que sea menos dramática, el tiempo iba a aclararme porqué sus hijos no estaban con él.

 En varias oportunidades lo encontré sobre la costa de Mar del Plata, pasadas las 5 de la tarde, cuando salía de trabajar, mirando fijo el horizonte del mar, imantado, recordando a las personas que más deseaba tener cerca.

 Una noche de sábado organizamos hacer unas pizzas a la parrilla. Propuse encargarme del fuego, de amasar, también de cocinar salsa de vegetales y preparé todo.

 Había un chico aspirante a futbolista que rozaba los 20 años quien también vivía allí, que se sumó a la comida e invitó a dos amigos.

 Ellos empezaron a tomar. Unas copas, que se convirtieron en botellas vacías, varias botellas vacías. Con alcohol en sangre empezaron a gritar, a golpear los metegoles que había para los huéspedes, a patear las mesas, a reírse desgarradamente, a exponer la sombra que había en sus corazones, esa que pone en relieve el alcohol.

 Nos sentamos en la mesa a intentar comer, y Diego gritaba “somos como somos”, “somos como somos”. Violentamente, sacado.

 “Te van a echar Diego, no tenés a donde ir”, le dije.

 “No me importa”. Me respondió mirándome a los ojos fijamente, ido, con la fuerza de estar más allá de lo que pase, y en ese momento entendí todo lo que había detrás.

 A los minutos el dueño de la propiedad, quien vivía arriba, bajó desencajado entre dormido y enojado, preguntando qué pasaba, quién gritaba, y los porqués de semejante quilombo. Los demás pibes lloraban por sus propios traumas y vomitaban el alcohol ingerido en el parque del lugar.

 Traté de taparlo a Diego, protegerlo, pero fue él quien en silencio esperó y se rio. Luego dijo que estábamos tomando algo y pasándola bien, que él estaba gritando porque quería.

 El dueño lo miró y esperó. Dijo que si seguía de esa manera lo iba a echar del lugar. Se miraron. Acto seguido uno volvió a su casa mientras que el otro siguió riendo, comiendo pizza casera y tomando vino. “Somos como somos”, me repitió mirándome.

 Algo en mi se rompió después de esa noche. Recuerdo los meses siguientes cómo esa pedagogía extrema inconsciente de Diego se clavó en mi y caminaba Mar del Plata siendo yo, al 100%. Completo de verdad. Como si un espejo de una persona en una lucha particular hubiera despertado la lucha contra mis propias máscaras.

 Viví un mes más en ese lugar y luego me mudé a un departamento.

 Mucho tiempo tomé la carga emocional del padecimiento de ese hombre. No es la primera vez que me pasa. Con otros vínculos tenía la operatoria de ser sobre empático, mirar más al otro y conectar con sus necesidades y faltas, que hacerme cargo de la mías. Trabajé esto, luego de conocer al protagonista de este relato, y hoy entiendo que salvarse depende exclusivamente de la decisión y voluntad propias, siempre que haya un contexto que lo permita.

 En junio del año pasado, antes de irme de viaje, como si la vida nos permitiera una despedida salí a caminar un sábado al mediodía por el paseo del barrio La Perla, vivía a media cuadra del mar, y eso era una recarga de energía incomparable. Mientras caminaba por las rampas, las escaleritas, la subidas y bajadas, empezando a despedirme de esa hermosa ciudad que fue mía un año y medio, me encontré de frente con Diego. Estaba caminando con su hermano. Lo vi mal, con barba crecida, con su eterna sonrisa, pero una que exponía una tristeza inevitable. Se sorprendió y alegró al verme, y yo también. Me contó que había hablado con sus hijos, que estaba contento por eso, y que ya no trabajaba en la construcción, que estaba haciendo otras cosas, pero yo podía leer más allá que esas palabras.

 Le conté que me iba de la ciudad, me abrazó y nos despedimos, riéndonos, recordando esas vivencias que nos conectaron por un tiempo.

 “Es tan fácil…” Devolvía él, otro de sus mantras, haciendo referencia a según su visión, de lo fácil que es ser feliz.

 Quizás no lo vea más a Diego. No tengo ningún medio de contacto con él.

 Pero hoy, a la distancia cercana y lejana, esa relativa que conjugan el tiempo y la geografía, hay una fuerza en mí que me permite ser pleno, lo que soy. Que se puede parar y mirar a los ojos a cualquiera, y ser yo mismo.

 Una persona desgarrada, de quien nunca hubiera imaginado aprender algo y a quien juzgaba desde mi barata moral, me enseñó y sacó de mí, sin saberlo, nada más ni nada menos que mi propia verdadera identidad.

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