PROYECTO

Proyecto por Matías Kvesa

 El proyecto llegó a sus manos. La automatización de la empaquetadora era una hecho, y  uno de los objetivos mas valiosos de su carrera se hacía realidad. El Ingeniero Aguirre empezó haciendo los planos eléctricos, y preguntó que productos producía la empresa que encargó el gran trabajo, sintiéndose parte al recibir la respuesta, él era un consumidor constante de esos productos. Esa noche le contaría a sus hijos para quién estaba armando algo papá. Sonreía de alegría, el desarrollo era muy complejo a nivel electrónico y necesitaba poner todo su potencial para resolver el desafío, el cual luego de algunas semanas de intenso trabajo, cálculos, análisis de materiales para el armado de la estructura, reuniones con colegas para definir costos de los componentes y pruebas en el taller, el bosquejo final estaba confirmado y listo para pasar a la etapa de producción.

 Los técnicos comenzaron el armado poco a poco, a medida que el empleado de compras pedía los insumos enviando apenas unos e-mails. Pusieron todo su empeño, tenían la directiva clara: debía quedar prolijo y funcionando tal como en las pruebas previas. Comenzaron con la estructura metálica y al final con lo eléctrico. Uno de los chicos, nuevo en el trabajo, no preguntaba nada, hacía tratando de dar lo mejor de si. Necesitaba el trabajo, había pasado varios años sin empleo fijo.

 Al terminar avisaron al encargado, quien dio aviso a la oficina de administración, donde cargaron al sistema el pedido y emitieron una factura enviándola al importante cliente. Una chica, estudiante de ciencias económicas, a quien no le gustaba la monótona tarea de facturar y cargar datos a una computadora pero que le servía el trabajo para coincidir con su estudio, hizo la tarea.

 Con la confirmación de recepción de los correos electrónicos por parte del cliente, la máquina terminada fue revisada, certificada por organismos del rubro al que iba dirigida y embalada por dos hombres con veinte años de antigüedad en la empresa. Uno fumaba mientras lo hacía, ¿Quién le iba a decir algo?

 El estudio jurídico que representaba a la compañía emitió el contrato por garantías y probables accidentes causados por el mal uso de la máquina, desligando responsabilidades. Así como le llegaron los papeles al flamante joven abogado del estudio, comenzó a redactar en su PC, sin preguntar nada técnico, no le interesaba. Sabía que su cliente tenía renombre en el rubro de armado de máquinas automáticas y pagaba al día.

 Un hombre de 64 años llegó temprano en su pequeño camión con su hijo y su yerno. Ya no quería trabajar más, pero le servía la plata hasta que pudiera cobrar la jubilación. Cargó la maquina con sus acompañantes y comenzaron el recorrido.

-Pasame un mate -le dijo a su hijo en medio de la ruta.

La máquina llegó. La instalaron en un día y la probaron, funcionaba perfecto.

Estaba lista para el estreno del día siguiente.

 Esa tarde mientras llegaba la máquina las vacas entraban al matadero y al poco tiempo de ingresar un operario con un martillo eléctrico les destrozaba el cráneo a decenas, sin pensar, automáticamente. Tenía un protector facial que evitaba las manchas de sangre en el rostro, y así poder ver claro a todos los objetivos. También protectores auditivos para mitigar el estremecedor ruido del impacto contra los huesos. Luego de una hora su compañero lo reemplazaba y alternaban la matanza. El cuerpo muerto, después de desangrarse y pelarse, se descuartizaba, con sierras eléctricas, sobre un piso lleno de muerte.

 Después de pasar por cámaras de frío, las partes de los animales despedazados llegaban por cintas transportadoras controladas por operarios a la máquina empaquetadora nueva.

 Empaquetaba y sellaba, empaquetaba y separaba, gracias al esfuerzo que todos en el circuito pusieron para que produzca.

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