FRONTERAS Y PASAPORTES

Fronteras y pasaportes

En los aeropuertos hay dos puertas para pasar migraciones e ingresar a través de una línea imaginaria dentro de los límites de un territorio: Una indica “Ciudadanos de la UE”, la otra “Otros pasaportes”.

 Esos territorios trazados con líneas de tierra, o de lápiz sobre un papel, adquiridos por sangre e imposición, no unen, sino que segmentan intereses, culturas, lenguajes, y a fin de cuentas, seres humanos.

 La supuesta libertad de viajar existe en esta era mucho más que hace siglos, o tan solo décadas, debido a los avances en ingenierías electrónicas y mecánicas sobre los sistemas de transporte. Distintos materiales han sido desarrollados como la fibra de carbono en los aviones haciéndolos más livianos, resistentes y rápidos, la aviónica, que permite la posibilidad con electrónica y señales electromagnéticas comunicarse en tiempo real durante todo el trayecto, sin importar la distancia, con tierra, y la capacidad de aprovechar el combustible, entre otras tantas, fueron permitiendo el desarrollo turístico, generando todo un marketing comercial alrededor.

 Sin embargo, lo técnico siempre está ligado a una reglamentación, y como hace tiempo, los poderes de turno continúan eligiendo segmentar con simbolismos de pertenencia y control a las personas, usando lo técnico en su conveniencia.

 Llegar a migraciones en un país desconocido y ver que a una persona de color oscuro de piel, oriundo de Nigeria, la retengan, con caras de terror, armados, cargándola de preguntas, al tiempo que a un rubio sonriente con pasaporte de Estados Unidos le hagan gestos de aceptación y le permitan continuar su recorrido.

 Así como no existe un lenguaje oral universal (dejemos de creer que es el inglés, el cual es solo una manera de uso comercial impuesta para entenderse a modo superficial, que tiene una gramática básica, el cual tras la segunda guerra mundial fue potenciado e importado con un conjunto de películas, historias, música, y comercio), así como cada pueblo fue formando el suyo propio, caracterizándose, así el mundo no es uno. Es mentira que estamos unidos.

 Hubo un tiempo en donde el Esperanto iba a ser la lengua universal. Una gramática única, con palabras que simbolizaban distintas sensaciones universales que las personas tenían, complejas, pero murió el intento en el camino.

 Hubo algunos políticos luchadores que intentaron forjar un pasaporte universal verdadero. Eso no existe aún en el año 2022.

 Hoy muchas personas se desesperan por obtener ese pasaporte de tal o cual país por conveniencia económica, y no por sentido de representación. No hay conexión profunda con ese librito de papel, solo una chance de quizás acomodarse mejor económicamente en algún destino. Hoy la lógica económica domina, más que nunca en la historia, todos los vínculos y realidades humanas. Estamos tan inmersos en la imposición sistémica que creemos que la única forma de crear vínculos y de vivir es la que debemos obedecer, y perpetrar, cíclicamente. Estamos tan confundidos con tanto bombardeo de información, que se desdibuja lo importante. Ni siquiera llegamos a entender qué es lo importante hoy.

 El 24 de febrero pasado un loco, un enfermo con poder, con mucho poder, organizó con tiempo como una partida de ajedrez, una invasión armada a una tierra libre, poniendo todo el aparato de un estado inmenso en acción, quizás el más poderoso del mundo, con el fin de apropiarse y matar. Ningún otro estado pudo interceder, dada la magnitud técnica y armamentística del dictador.

 Un solo hombre que tejió hilos de a poco hasta lograr fanatismos firmes e inamovibles su alrededor, ¿Les suena? Un loco, que cambia la historia de un presente con el mal. No hace falta irse tan lejos en la historia para ver.

 Es 19 de agosto de 2022, estoy en un hostel en Zagreb, Croacia. Dos hombres comen un pez hecho al horno con ensalada de tomates y toman vino. “Vení sentate”, me dicen. Me acerco, y me empiezan a hablar en una lengua inentendible. Les contesto con señas e intercambiamos un poco en inglés, son de Ucrania, me confiesan. Uno tiene 65 años, el otro 31, me entero al avanzar la conversación. Me piden que les hable en mi idioma, lo hago, y de a poco lo entienden. “Tomá vino”, me ofrecen con fuerza, y amabilidad a la vez, no me puedo negar, porque parece que me van a matar si lo hago. Nos empezamos a reír y a compartir la historia de cada uno. No quiero tocar el tema, pero solos entran en ese terreno, el hombre de 65 años se para, da vuelta a la mesa y se agacha ante mi con su celular. Abre la carpeta de fotos y me muestra una veintena de imágenes de un edificio explotado, de departamentos incendiados, de autos ametrallados a tiros, “eh eh, mi, mi” grita, y me empieza a hablar en ucraniano. Me mira de costado a los ojos, golpeando el celular con el dedo índice derecho, me mira con ojos claros ucranianos. Nikola se llama. Su compañero al ver mi sorpresa, y mi impresión, me confiesa y me aclara que las fotos son del edificio donde vivía Nikola, que uno de esos autos, uno blanco, irreconocible, era el suyo también, que trabajó 40 años para comprarse su casa, y un día quedó como en las fotos que estoy viendo. Que ya venían sintiendo que su pequeña ciudad iba a ser tomada, que las tropas rusas venían tomando el norte del país y matando gente inocente. Que Nikola les avisó a sus hijos que se vayan urgente, se fueron a Londres, y el se quedó un par de días pensando que hacer, y que finalmente decidió dejar todo, toda su vida, y escapar a Croacia. A los pocos días las tropas entraron e hicieron lo que estoy viendo en las fotos, de la mano de Nikola.

 Vuelve a su silla, me sirve vino, se sirve él, y levanta la copa mirándome. Interpreto en su rostro que nada lo va a vencer.

 No hace falta irse tan lejos en la historia para ver.

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