FINAL DEL MUNDO.

Ejemplo de disciplina, lucha y constancia

Me desperté ese domingo sintiendo calor en el cuerpo, a pesar del frío que abrazaba a Copenhague, con una sola idea en la cabeza: Prepararme para ver el partido. Estaba nervioso. Me movía en la cama antes de levantarme, no había podido dormir profundamente, como si una gran fuerza invisible me imantara hacia algún destino de la memoria.

 Eran las 13 HS del domingo 18 de diciembre de 2022. En 3 HS se jugaría el partido de fútbol más importante para el deporte argentino de los últimos 36 años.

 Para un amante de este deporte, que lo juega desde los ocho años, que jugaba en Ituzaingó, que probó en las inferiores de Vélez, que corría los potreros del barrio los sábados a la tarde, que jugó la Copa Coca Cola con compañeros de la escuela soñando jugar la final en la cancha de River, que lloró con cada final perdida de la selección desde 2007 , y que admira a Messi desde el 2005 cuando lo veía en la secundaria jugar el sub-20, para alguien que ama el fútbol por lo que es el deporte en si mismo, ese partido que venía era trascendental. Potenciado por primera vez por la sensación protagonista de ser migrante y ver a mi país a la distancia, con sus falencias y logros, y a mi propia vida allí en perspectiva, incluyendo todas las emociones envueltas en colores de representación.  

 Esa representación que un chico Rosarino del que tanto se ha dicho, al que tanto han matado con palabras durante mucho tiempo, del que tanto se escribió, y al que tanto se aduló durante el año pasado, lleva bien adentro de su cuerpo. Ese chico que sabe de la distancia. Ese chico que volvía, siempre volvía, a pesar de los golpes. Ese chico al que los ojos juzgadores lo baleaban, ese chico que enfrentó todo eso y es un ejemplo de ser humano que cumple con hábitos sanos.

 El momento había llegado, y una revancha para los colores argentinos estaba cerca. Aún faltaban algunas horas para el comienzo del partido y decidí llamar a mi casa, allá, a Ituzaingó, para hablar con mi mamá, con mi papá, y compartir sus sensaciones, como se preparaban, dónde lo iban a ver y cómo estaba el ambiente allí.

 En medio de las idas y vueltas la pregunta inevitable por mi perrita, por Lucy, ese ser que me acompañó toda la vida y que tanto me costó dejar cuando me fui, debía darse en la charla. La extrañaba tanto, tanto.

  Esta bien Lucy hijo, está bien —Me respondía mi vieja ante mis preguntas y me cambiaba de tema.

 —¿Pasó algo ma? ¿Le pasó algo a Lucy? —insistí incansablemente notando y conociendo su tono de voz.

— Lucy no está más hijo —me dijo mi mamá desde el otro lado de la línea, desde el otro lado del mundo, luego de un silencio oscurecedor.

 —¿Pero qué pasó? ¿Qué le pasó a Lucy? —pregunté desesperado, sabiendo la respuesta.

 Ella siguió hablando, contándome lo que le había pasado, pero ya no la pude escuchar, y me quebré, desesperadamente, sintiendo que una parte de mi había desaparecido y que no la iba a poder volver a ver. Ese animalito que rescaté de la calle y me traspasó de amor genuino desde mis 19 años había muerto.

 Llegué a Copenhague en agosto del 2022. Luego de mi cumpleaños 33 y de haber planificado otro tipo de vida en un nuevo lugar, desde el gusto por viajar, y la necesidad de ver en perspectiva la lógica problemática que vivía cada día en mi país, en cada ámbito en el que quería evolucionar.

 Ser migrante por primera vez no fue fácil el primer tiempo, pero la transformación y enseñanza de cada nuevo día me fueron llenando de energía. En un lugar a distancia geográficamente y culturalmente, con otro idioma, otra historia, otra realidad, el choque es constante: La deconstrucción propia es un hecho inevitable, si se está abierto a recibirla.

 Esas experiencias y sensaciones no hubiesen ocurrido si no conseguía el pasaporte europeo por mi descendencia croata por parte de mi abuelo, que fue una aventura en si misma de 2 años de investigación.

 Había estado en Croacia en agosto pasado, en Zagreb, la capital, retirando ese librito que abre puertas en otros países y que está cargado de simbolismo. Luego fui a Split, una de sus playas más conocidas y bellas donde caminé sus calles, recordé a mi abuelo como nunca, y donde en esa distancia también lo extrañaba, recordando su deseo eterno de volver a su país, que retumbaba en cada uno de mis pasos.

 De pronto estábamos en diciembre, y la semifinal del mundial, después de las atajadas contra Países Bajos del “Dibu” Martínez que vi en un bar rodeado de holandeses gritando desaforado, nos llevaban a enfrentarnos a Croacia. Otra vez Croacia, pensé. Otro punto de unión, otra señal, otros recuerdos. “Si estuviera mi abuelo”, pensaba mientras veía a Messi correr la cancha, mientras ganábamos 3 a 0, mientras sabía que iba a ver la final del mundial en Dinamarca.

 Faltaban pocas horas para la final, ya habíamos pasado lo más difícil futbolísticamente, la derrota con Arabia Saudita, penales, y años de perder finales importantes, las que Messi quería, y debía, ganar.

 Mi vieja me seguía contando, como podía, cómo quiso esperar a contarme lo que le pasó Lucy, cómo sabía lo que me iba a doler, y que de alguna manera me quería cuidar. Las madres y ese amor inexplicablemente profundo. Sabía que ante mis preguntas insistentes y dirigidas iba a ser imposible ocultarlo, y salió, pero justo ese día, ese 18 de diciembre. Se me vino una nube negra que cubrió el cuerpo entero. Lucy era uno de los seres mas importante de mi vida, la razón que me motivó a decidir no comer más animales, la compañía en los momentos más difíciles que viví en Argentina. “Lucy ya no va a estar, no la vas a volver a ver”, esa afirmación venía a mis pensamientos y me hundía.

 En ese momento sentí que la final estaba de costado para mí. Fue un instante, en el que me sentí solo. Solo y lejos. De todo, de todos. Me sentí migrante. Sentí que había dejado demasiado por vivir mejor, por experimentar otras opciones, otra vida, otra realidad. Sentí una mezcla de racionalidad y dolor que me hacían ver que ese partido de fútbol no me iba a cambiar nada.

 Salí de la habitación como pude, dolido, y triste, luego de saber lo que sabía. Los chicos que viven conmigo me esperaban preparados para ir a ver el partido, me vieron y no entendían lo que me pasaba, ni pretendía que me entendieran. Lloré desamparado sin ocultar el dolor, y me abrazaron.

 —Vayan ustedes, vayan… —les dije luego de contarlos lo que me había enterado.

 Ellos me hablaron, no recuerdo qué exactamente en medio de un torbellino de recuerdos, sensaciones y memorias, con la camiseta de la selección Argentina puesta, la del mundial 2014, la de la última final. No se cómo, ni de dónde, pero recordé a ese chico de Rosario, ese que me había representado, saqué fuerzas de lo más profundo de mi ser, y sentí que esto que estaba por pasar no era para mí, no me iba a dar nada, que esto era por la gente. Por esa gente a la que nadie le dio una alegría, por esa gente en la que se cagaron durante años. Que esto era por ese pibe que veía jugar en el sub-20, que vi en tantos mundiales, que era por él. Por ese amigo que no me conoce, que era por esas personas que se fundieron en la fatídica pandemia del 2020 des-manejada por el gobierno argentino, por los que menos tienen y salen a trabajar con una inflación que los mata en silencio, sentí que era por ellos y para ellos, y por Messi. Era por él y para él.

 —Vamos —les dije. Me abrigué y salimos en bicicleta.

 El lugar estaba explotado. Argentinas, argentinos, franceses, francesas, ritmo, abrazos, camisetas, bombos, trompetas, bebidas, ansiedad, nerviosismo. Se había ambientado todo un salón de un hotel en Copenhague como si fuera un estadio techado repleto de personas impacientes por vivir lo que íbamos a vivir.

 Nos acercamos a compatriotas, charlamos, la previa, del rival, de cómo llegaba el equipo, hablamos con chicas francesas que allí estaban, nerviosas también, hicimos tiempo. La mezcla de necesidad de conexión con las raíces de nuestro propio país se percibía en el aire. En medio del canto de “Muchachos”, me quedé observando la muchedumbre ante la pantalla gigante, pensando cuántos de los que estaban allí se había ido mal de Argentina pero que durante ese mes habían podido conectar con la importancia de la pertenencia y de todo lo bueno, tanto bueno, que les había dado nuestra cultura.

  El partido empezó. La alegría fue llegando primero por la forma de jugar y salir a ganar del equipo de Scaloni, y luego por la materialización de los goles. El del chico Rosarino de penal, empezando a crear el relato épico de su vida, y luego de otro Rosarino que había dado el alma por ganar un mundial, y anotaba el 2 a 0. Gritamos los goles desesperadamente.

 Los minutos pasaron, el segundo tiempo llegó y el rival despertó un demonio que de pronto silenció nuestros sueños, y las sombras me llenaron el cuerpo.

 Por dentro lloraba, no podía dejar de llorar por Lucy, mientras que por fuera estaba en cuero, transpirado, lleno de furia alentando y gritando por Messi, por él, por nuestra gente, gritando por una alegría, mientras que paralelamente el termómetro en las calles de Copenhague marcaba -4 grados centígrados.

 Tantas cosas me vinieron en un instante a la cabeza, tantas tristezas de país, tanta inflación, tanta corrupción, tantas marchas, tantos reclamos, tantas elecciones sin sentido, tanta grieta, tanta pobreza, tanto robo, tanta pérdida, tanta pandemia, tanto chamullo, tanta cuarentena de alegría, tanta falta de representación… lloraba más por dentro sintiendo que no podía ser, que no podíamos perder ese partido, no ese día, no esa vez.

 Prontamente 3 a 2. Gol de Lionel Messi, y sentí que algún dios me estaba escuchando, alguno de tantos me estaba mirando, ¿A mi o al chico rosarino? No importaba. Parecía que no, pero si, había entrado y Argentina estaba a minutos de levantar la copa del mundo.

 Como un guión cinematográfico cruel, Mbappé agarró la pelota desde el aire, y con un talento enorme empató la final del mundo, 3 a 3. Las sombras se percibían en el oxígeno del lugar. ¿Otra derrota? ¿Otra pérdida? ¿Tan difícil era tener un poco alegría social? ¿Se podía sufrir tanto, tanto tiempo seguido?

 Mientras me entregaba a lo que pase y seguía alentando como podía, sin voz, y la mirada de Lucy se clavaba en mi alma, la pelota le quedó picando frente al arco argentino al delantero francés en el último minuto del tiempo suplementario. “NO”, dije por dentro, “No hoy”, y en toda la sala, quizás en toda Argentina, el silencio inundó el clima ese segundo, un segundo inolvidable, en el que se destruyó por la atajada más importante de la historia del futbol argentino. La verdad es que no se si Dibu Martínez lo hizo pensando en Messi, en su inmensa constancia, si lo hizo por su infancia en Mar del Plata de donde se fue buscando su deseo, si lo hizo por su familia, o si lo hizo por los 45 millones de argentinos que lo estábamos mirando, pero lo hizo.

 Esa pelota fusilada sobre su pierna izquierda sacudió como un balazo las emociones de todo un pueblo, y rebotó ilusión. Ya era más que fútbol.

 Llegaron los penales. Todo el planeta estaba viendo el partido. Nunca en la historia tantas personas tuvieron semejante cantidad de dispositivos y medios para ver de absolutamente todos los ángulos la final de un mundial. Y esta se definía por penales, los clásicos penales, los que hace mas de 100 años cortan la respiración. Doce pasos, una pelota, un arco de siete metros de ancho, y un arquero. Perece fácil. ¿Quién no soñó jugando al fútbol definir la final de un mundial pateando el último penal?

 Cuando Montiel suspiró sentí que la copa era Argentina. En ese suspiro de Montiel imaginé lo que estaba sintiendo Messi arrodillado en la mitad de la cancha. Las cosas que habrá sentido, entregado a todo lo que ya no podía controlar. Todo lo que había dado para tener esa chance, una vez más. Dentro mío ya estaba mas allá del bien y del mal, lo que se hace por amor está mas allá que esos binarios.

 Montiel pateó seguro, pateó por el barrio, esa Matanza de la que salió. Pateó a la gloria.

 Y estalló un país.

 Creo que en esos primeros minutos finales todas las personas que nacimos en Argentina fuimos lo mismo, sentimos lo mismo. Creo que no hay nada que pueda generar eso. ¿Era solo fútbol? ¿Fue solo un penal? ¿Dónde deja de ser un evento deportivo que se piensa como negocio para pasar a ser una cuestión social necesaria? ¿De dónde venía esa ansia por una alegría generalizada?

 No fue fútbol. Ese deporte hermoso se transformó en canal expresivo de cambio.

 Los cantos de alegría y celebración se replicaron por toda Argentina, por cada barrio, por cada rincón. Se replicaron por todo el mundo. En cada ciudad del planeta con grupos de argentinos se generó una mini Avenida Corrientes y 9 de Julio, donde se dispersaron obeliscos imaginarios globales. Buenos Aires fue un estallido de fiesta. En otros países alejados geográfica y culturalmente de Argentina que también  se sentían representados con la selección se montó una celebración, una ametralladora de conexión.

 En Copenhague fuimos a la plaza principal, se llama Rådhuspladsen y se pronuncia de una manera muy particular. El danés es un idioma diferente en su pronunciación para los que venimos de lenguajes latinos, como el español o el inglés. Allí gran cantidad de compatriotas argentinos nos juntamos a celebrar, a cantar, a unirnos, a recordar. Hacía mucho frío, pero un calor humano nos abrazaba.

 Me quedé en la plaza hasta tarde, y con mucho frío en la ciudad me volví en bicicleta, que acá es el medio de transporte principal. Pasé al baño en un local de comidas rápidas, de esas que no sirven para nada, y al salir me quedé en la peatonal central de Copenhague, vacía, llorando en silencio, escuchando a la distancia los gritos de Buenos Aires, de Salta, de Jujuy, de Mar del Plata, de Ituzaingó… de cada rincón de Argentina. Sentí el calor desde el hemisferio sur. Sentí una unión invisible entre todos, al fin una, y miré al cielo buscando a Lucy, tratando de tocarla una vez más con mi imaginación, sabiendo que hay amores que son más profundos y eternos que el tiempo.

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2 comentarios

  1. Qué bonita narración, gracias por permitirnos conocer tu gran experiencia de la final, y felicidades que Argentina es campeón. -Un mexicano muy feliz por eso 🙂

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