EL CIEGO

Matías Kvesa escribió El Ciego

Los andenes estaban llenos. Gente corriendo desesperada, jóvenes, adultos, adolescentes, enfocados en llegar, a donde tengan que ir. Si el camino es correcto no lo sé, pero ahí están, sin mirarse, sin interesarse por su entorno, con sus preocupaciones y falsas seguridades interiores.

 Ir a la ciudad de Bs As desde el Oeste del conurbano puede ser una odisea, llegar a la capital donde todo confluye a veces es una travesía. Preparar todo lo necesario para el día, el recorrido claro, sin tantas vueltas, para no perderse en el itinerario por calles atestadas de desesperación, incertidumbre y soledad. Luego de días de obligaciones, de “tener que”, cargando la mente de tareas, el día a día repercute en los rostros de seres absorbidos por el sistema.

 Ahí estaba yo, esa mañana de una semana fría de invierno, donde el sol apenas alcanzaba para iluminar árboles vacíos de hojas. Estaba en el tren, iba.

 Pensaba en el trabajo práctico que tenía que entregar, que tanto detestaba… Pero ¿no era la carrera que teóricamente me gustaba? No lo sabía. Iba. Seguía allí en medio de un vagón cargado de personas, cargado de gente muy cerca, y tan lejos al mismo tiempo.

 Me acordé del trabajo al que me dirigía, esa oficina que tanto odiaba, que no me permitía ver el día, ver el cielo, rodeado de papeles. Tengo que irme, buscar otro lugar. De vuelta el “Tengo que”. ¿Y mis sueños? ¿Dónde quedó lo que quería de niño? Ya no me acuerdo lo que soñaba, la Universidad es importante me respondía, y tengo que trabajar. Otra vez, tengo que.

 Iba, avanzaba en ese tren que tantas veces me transportó hacia el mismo destino. Laura. Apareció en mi mente su sonrisa, esa que me ilumina, su risa del sábado contándome lo bien que le iba con las fotos, su nuevo curso, su nueva pasión. Cuanto me gusta, y nunca me animé a decírselo. ¿Cómo le digo? La amistad ya no sería lo mismo… ¿Qué le digo?

 Me sonó el celular. Nadie me miró. Ninguna persona giró para ver de dónde venía el sonido, atiendo levemente, es temprano, casi todos aún adormecidos a mí alrededor. Hay un cliente en el estudio esperándome, me apuran con suavidad. Siento lo que será la jornada y busco en mi memoria de tareas el día que hago esa actividad que corta la semana, intentando aminorar la triste rutina que me acompaña.

 Última estación. Bajar, moverse. Un mar de gente avanzando. Una marea que me dice que soy uno más.

 Un vendedor de galletitas grita sus productos aprovechando la gran clientela que de pronto aparece. Nadie lo mira. Un vendedor de bolsos, joven más sonriente que el anterior intenta la misma tarea. El resultado es igual. Me chocan sin querer, o queriendo, cruzo los molinetes, llego al hall de la estación terminal, esos lugares de nadie, donde todo pasa.

 Me apuro. La combinación con el subte debe ser ágil para llegar a horario. Bajo las escaleras mecánicas, llenas, muchos al mismo lugar. Camino rápido por el túnel iluminado de más, infectado de publicidad donde la imagen de una playa del caribe sentencia: “Tu vida es una”. Que conveniente. Cuerpos rodeados de abrigos, colores grises, miradas apagadas.

 A mi lado, a ritmo simultaneo una chica. La observo. Me detecta como quien siente el peso de la mirada extraña, ojos celestes totalmente fuera de diseño con el entorno mantienen la mirada y algo dentro de mí se alegra. Ella gira como quien ve algo desagradable, apura el paso y se pierde en la manada de seres sin alma.

 Bueno, me dije, me enfoco totalmente en llegar. Tengo una tarea que debo cumplir, nadie la va a hacer por mí. La responsabilidad solo depende de mí enfoque. Cada individualidad andante había pensado evidentemente de la misma forma.

 Los molinetes del subte, línea que va al centro de la ciudad. Allí oficinistas, vestidos de zapatos, camisas y sacos, blusas, carteras, peinados perfectos, están conectados a sus celulares, a su imagen, intentando mimetizarse con sus pares, mientras ingresan al andén.

 Al bajar la pequeña escalera metálica lo vi. Un hombre de 45 años aproximadamente intentaba bajar también, tomado con mucha dificultad de la enorme baranda de metal con su mano izquierda. En la derecha sostenía un fino bastón blanco, pulsando cada escalón intentando sentir desniveles. Un bolso cruzado sobre su hombro izquierdo impedía el equilibrio, y anteojos negros en su rostro hacían evidente la escena. Pasé los molinetes, sin dejar de observarlo, viendo que muchas más personas delante de mí podían ayudarlo, acompañarlo.

 De pronto me impactó ver con mis ojos como hombres, mujeres, jóvenes y adultos, pasaban a su lado, rápido, marcando el duro crujir del metal a cada peldaño, sin mirarlo. Sin detenerse. Sin verlo. Uno más. Nadie. Nada. No podía creer lo que veía. En solo un segundo una ira que me quemaba me invadió por dentro, un dolor fuerte hacia todos, hacia todas las personas que estaba viendo…  ¿Hacia quién puntualmente? ¿Hacia alguien o hacia algo?

 No puede ser que la sociedad de la que soy parte haga esto, se comporte así, me decía por dentro, generalizando por la bronca del momento. Tenía ganas de gritarles, de concientizarlos, de urgirlos de una necesidad.

 Me apuré entre el tumulto y tomé fuerte el brazo libre del hombre.

  —¿Lo ayudo a bajar? Es peligroso que baje así con tanta gente.

  —Si por favor —me respondió— ¿Puedo agarrarme de tu hombro?

  —Agárrese fuerte, lo acompaño, vamos juntos.

  —Muchas gracias, esperaba que alguien me guíe. Escuchaba mucho ruido y sentía movimiento. Sabía que algún alma me iba a ayudar. —Una sonrisa iluminada, vivaz y feliz salió de su rostro.

  —¿Cómo se llama señor? Es un placer conocerlo.

  —Pablo, me llamo Pablo —me contestó—. ¿Tu nombre cómo es?

  —Santiago.

Ya caminábamos juntos el andén del subterráneo, Pablo tomado de mi hombro, a paso lento, cuidadoso. Intentando ser seguro. El lugar estaba lleno. A cada avance las miradas se colocaban en nosotros. Había de distintos tipos y calidad: Sobre mi compañero algunas eran de compasión, otras de lástima, otras de respeto, otras sin sentir, solo observaban. Sobre mi caían de asombro y también como a Pablo, vacías, ojos que solo observan.

 Una vez leí que no se ve con los ojos. Solo se puede observar el entorno exterior, la capacidad de ver es interna, entender lo que sucede e interpretar el mundo pasa mucho más profundo en el ser, no en el borde de la retina.

 Pasamos por el medio de muchas personas, hasta llegar a la parte central.

  —Acá estoy bien, aquí subo para bajar justo en la salida de la estación a la que voy. Podes seguir tu camino, ya no hace falta que sigas dándome tu tiempo para mis falencias. ¡Aprendí a vivir en la oscuridad! —dijo sonriendo— A veces es más clara que el día. —Un nudo en la garganta cerró mis cuerdas vocales. No entraba en mi mente como este hombre podía sonreír de una forma tan sincera, reírse naturalmente y tener tanta claridad.

  —Pero… ¿va a subir solo? ¿Así? Viene atestado de gente el servicio, lo pueden empujar, lastimar, mire si…

  —¡Te preocupas demasiado querido amigo! Hay cosas mucho más importantes por las que quedarse pensando. La mente es un jardín vacío al que uno mismo va adornando de plantas y colores, o suciedad y tristeza. Mi situación de vida me ayudó a afinar muchísimo mis otros sentidos, los que tengo. Tengo muy buen oído, escucho cada detalle, cada sonido y tono, ¡Tengo gran olfato! ¡A veces siento cosas que no querría! —una carcajada inundo el momento—. Tengo mucho tacto, siento con mis manos. No poder ver me hizo descubrir todo lo que si tenía.

El sonido vibrante de la proximidad del subte se comenzaba a sentir.

  —Ya viene. Nunca me voy a olvidar de usted Pablo, de sus palabras, de su sabiduría y su alegría. Gracias… —dije sintiendo en ese momento que no era yo quien había guiado a mi nuevo amigo, sino que al revés.

  —Soy yo quien está agradecido. Por tu compañía y por permitirme oír y sentir de cerca tu dulce voz. Santiago tenes una hermosa voz, llena de colores, tonos cálidos, firme y emocional al mismo tiempo. ¡Tenes que cantar! Seguro debes ser un gran cantante.

  —De niño y adolescente amaba hacerlo, siempre me gustó…

  —¡Hacelo! Nunca dejes de hacer y perfeccionarte en lo que te apasiona. Es lo único que te acompañará en los momentos de soledad, estará dentro tuyo y para siempre. Nadie te lo puede sacar, y te hará ser feliz.

 El subte llegó. El malón de personas se agolpó súbitamente sobre la puerta que comenzaba a abrirse. El interior atestado de gente.

 Despedí a Pablo con un abrazo rápido y un beso en la mejilla, en silencio. Apenas alcancé a decir “Chau Pablo”. Estaba impactado por sus últimas palabras, por todas en realidad.  Me alejé unos metros de la formación para ver la escena: Pablo allí solo, entró, no sé de qué forma, de afuera empujones agolparon más gente en el interior, las puertas se cerraron y la formación emprendió su marcha.

 Me quedé mirando sin poder entender del todo aún lo que me había sucedido.

 Nunca creí en los ángeles, ni sabía qué imagen real tenían. Mi interior estaba revolucionado. Quería caminar, correr, volar.  No quería hablar en todo el día con nadie más.

 Tenía claridad, certeza. Felicidad. Había luz en tanta oscuridad.

 Me acordé de mis sueños.

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4 comentarios

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